CALOI: HOMENAJE A FONTANARROSA (Senado de la Nación, 26/04/06).
 
Fontarrosa y Caloi en Comodoro Rivadavia, 1983

En verdad, nunca imaginé que iba a decir un discurso en este lugar sagrado al que, según veo, acude tanta gente...
Quiero aclarar que este privilegio se lo debo al Negro Fontanarrosa, quien, según me dicen los organizadores, me ha designado para que hable en nombre de amigos y colegas. Él sabe perfectamente que nosotros, los dibujantes, hemos elegido expresarnos con líneas, pero lo que más más nos gusta en la vida, es hablar. Muchas gracias por esto, Negro.
En este tipo de actos, generalmente, se espera que uno hable bien del homenajeado.
Para desolemnizar este momento, y para hacerme un poco el original, yo me he propuesto hablar mal de Fontanarrosa.
Habría que empezar por hacer una breve descripción ambiental de nuestro personaje. Para ello, hay que ubicarse en Rosario.
Rosario, aparte de tener el Monumento a la Bandera, parece ella misma un monumento: a la Justicia Social, o a la clase media. Es como un gran suburbio de sí misma: extensísimas calles con cuadras y cuadras de casas bajas, parejas todas, y como para que ninguna de ellas se engrupa, gran proliferación de cortadas que las parten por el medio.
Está poblada por descendientes de italianos que, en vez de quedarse en Italia comiéndose las heces (las heces, con h y con c), emigraron, y vinieron a comerse las eses (sin h y con s) a Rosario.
Según el mismo Roberto, surgen tantos artistas notables allí porque la gente no tiene nada que hacer. Hasta hace poco tenían negado hasta el río. Ahora abrieron el puerto, pero antes el único agüita que veían los rosarinos era la del laguito del Parque Independencia, adonde iban a remar.
Dicen también, para contrarrestar tanto aburrimiento, que tienen las minas más lindas del país: parece un invento de la misma índole que la fama que los petisos y los pelados se hicieron de sí mismos, para compensar por abajo lo que la naturaleza les privó de arriba. Yo supongo que esta fama, entonces, es un invento de las rosarinas, para reparar el abandono que padecen los domingos cuando todos los rosarinos, sea por Central o por Ñuls, todos se van al fútbol.
Y así se vive en Rosario. Sencillamente. El paisaje y la idiosincrasia no permiten fanfarronadas; es como si no hubiera de qué agrandarse. Los soberbios desentonan, no armonizan con el entorno. Fontanarrosa adhiere totalmente a este culto.

Con el Negro hemos compartido muchos momentos en los que ¡el Destino! nos envió para derramar un cacho de cultura por Córdoba, Mendoza, Comodoro Rivadavia, Misiones, etc. Y también por el exterior. Era el que viajando por México, Estados Unidos y Europa “pelaba” puntualmente su agenda y organizaba las citas con colegas de allá. Al que apodábamos “la tía”, porque cuando abandonábamos un hotel, miraba debajo de la cama para ver si habíamos olvidado algo.
Lo ubican como “canalla”, pero sabe de todo el fútbol. La primera constancia de esto la tuve en México: estábamos con el Negro Crist también, y habíamos pescado un diario argentino con los resultados de los partidos; me pedía que le leyera los resultados y él iba adivinando quiénes habían convertido los goles... ¡Y la pegaba en un 80%! Y con algunos difíciles, porque a veces arriesgaba goleadores que no eran el 9 o el 10. ¡Eran defensores! (Anotá, Pagani).
Lo cierto es que el Negro logró superar a Roberto Carlos.
No en la potencia del remate, ni en la habilidad con la pelota o la velocidad. Porque al que superó es al otro Roberto Carlos, el cantante... que quería tener un millón de amigos. El Negro los tiene. Doy Fe.
Uno de sus primeros desgarros lo sufrió cuando, no sé por qué rara coincidencia o epidemia, sus mejores amigos emigraron en masa, muy jóvenes, a España: unos tipos macanudos que conocí en Barcelona. Tal vez a partir de eso, se dio a la tarea de juntar nuevos amigos, muchos, para que la posibilidad de que algunos se quedaran en Rosario fuera más grande. Y por si acaso, agregó a la lista gente de otras ciudades, del país y del extranjero.
Quiero confesarles que no entiendo muy bien por qué le dan ahora una distinción que se llama “Sarmiento”. Buscando semejanzas, he encontrado que comparte con el sanjuanino el hecho de ser escritor. Podría ser que le reconozcamos a Sarmiento, -casi todos los dibujantes, entre otros muchos- el mérito de haber introducido en el país la cepa malbec. Podría ser que así como, según dicen, Sarmiento no faltaba nunca a la escuela, el Negro no faltó nunca a su sección humorística en el diario.
Pero Fontanarrosa nunca hubiera escrito “Bárbaros, las ideas no se matan”¡ y menos, en francés! ¡ Y en la precordillera! Lo hubiera hecho en algún paredón del barrio Alberdi, o de Echesortu. O en la pared del Club “Leña y Leña”. Y, en todo caso, hubiera puesto “Fulano, las ideas no se roban” (Rep, Quino, Sendra y otros colegas ya saben quién es “Fulano”).
O imaginemos, por ejemplo, en un congreso de la lengua, a Sarmiento escuchando la ponencia de un compatriota respecto de la palabra “pelotudo”.
En fin, ahora al abundante anecdotario de Sarmiento, con detalles a favor y en contra, podrá agregarse –a favor- que le dieron a este atorrante un premio que lleva su nombre.
Por si acaso, y a manera de desagravio, también le podrían dar la Orden “Juan Manuel de Rosas” o, mejor, “Estanislao López”, que es la que le tocaría en este Interzonal de Próceres.

Habrán notado, a esta altura, que no he encontrado cómo hablar mal del Negro Fontanarrosa. Es que, como decía Machado, éste es, en el buen sentido de la palabra, bueno. La única diferencia con él que recuerde es que no cree en la INSPIRACIÓN. Cree en el TRABAJO. Claro, un día entendí: cómo va a creer en la inspiración, si él es un tipo inspirado. No necesita inspirarse. Sólo trabajar. Y entonces le salen las cosas naturalmente inspiradas.
Cuando la gente le dice “¡genio!, ¡maestro!, ¡ídolo!, ¡mostro!” él mira para otro lado. Siempre parece que hablaran de otro.
Se sacude los elogios, como quien se quita de encima salpicaduras.
Por eso, querido Negro, querido hermano, te tenemos rodeado el rancho. Don Inodoro, esto es un malón de admiración y, sobre todo, de cariño.
Como dijo sabiamente Juan Ramón Jiménez: “el Negro es pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera que se diría todo de algodón...”

Caloi.