UNO: EL CORAZON AL SUR

Los caballos y el tren

Él suele utilizar la metáfora de la ventana. La real, la de ahora, da al aire libre de Paseo Colón al mil y pico, al mundo en general. El cielo, la tierra, el río, la ciudad y la gente. Explica que antes también miraba por la ventana y dibujaba: pero la ventana daba al barrio -como la de Calé- y era chico le atraían las cosas que se movían. Dos, sobre todo: los caballos y el tren. En la primera infancia, antes del humor o la vocación está el registro reiterado de los caballos del sodero, del lechero, del pollero, de los carritos de la Panificadora Argentina. Después vendrían los que llevaban un cowboy, arriba, o los indios. Pero esos primeros son barriales, de carne y cuero, como suelen aparecer después, sobre las huellas o adoquines, arrastrando un sulki o un viejo carro de boteyero, como diría Clemente.
El tren viene a vapor, ruidoso y grandote, resoplando en la estación de Lomas cada vez que el viaje al centro es una ceremonia. Y las locomotoras y vagones, como los cortejos fúnebres, exigen espacio, metros para desplegarse. Entonces, como tizas que son pedazos de yeso de demolición, las figuras se suceden sobre el pavimento, obra colectiva en las que participan los pibes del barrio. También sirve el carbón para las paredes y -sobre todo- son ideales esos grandes planos que trae el padre a casa, en el reverso hay una inmensa superficie blanca para cubrir de dibujos, de punta a punta. En este espacio libre se explayan las fantasías, se deschavan obsesiones que no requieren muchas materias de psicoanálisis para descularlas: las puertas muy prolijas, los picaportes, las cerraduras y su pormenorizado agujerito, otra ventana tal vez, más estrecha y hacia adentro, para mirar otros bichos, saber de qué se trata.
Caloi siempre rescatará -cuando se explica- esa mirada interior como una continuidad, lo reflexivo por encima de lo dialogado; el monólogo antes que el peloteo verbal, a contrapelo, tal vez, de una constante generacional o amistosa -Fontanarrosa, Crist - que define a los setenta a sus amigos y compañeros de chiste. Y estamos hablando del principio antes de leer, antes de las imágenes de la revista, ventanas abiertas a la aventura dibujada y a la aventura de dibujar.
Tres ventanas entonces: la de la calle, la cerradura, los cuadritos de la historieta.


Los primeros dibujos de Caloi

Media americana

Cuenta: "Por los cinco o seis años me prende fuerte la historieta. Empiezo a dibujar aventuras realistas, serias, de cowboys o al estilo Tarzán. Era la influencia de las revistas de mediados de los cincuenta, como "Misterix". Luego vendrían "Hora Cero" y "Frontera". Hay por otra parte, una fuerte influencia, enseguida, de todos los dibujantes de "Rico Tipo" y "Patoruzú" que no recibía en casa pero que leía en la peluquería. Pausa acá.
Leer en la peluquería. Todo un rito de la época, cuando se hacía cola hasta que te atendían para hacerte la media americana. Ese peluquero era muy particular, una maravilla: bolche, le decían Canaro y tocaba el acordeón, tenia dos retratos colgados en el negocio, uno de Beethoven y otro de Cervantes; el la pila de revistas, "El Gráfico" consabido, "Rico Tipo" y "Patoruzú" y ... "Novedades de la Union Soviética". Además, era entrenador de basquet del club Los Andes. Un personaje.
Allí Carlos empieza a amar a Battaglia, el único que dibujaba hombres y mujeres con culo -altos, caídos, gordos...- e inventaba personajes como el sapo Felipe en Don Pascual, se deliraba; también a Ferro; a Oski; y a Calé, aunque estos dos le llegarían profundamente después. Calé, porque registraba algo demasiado inmediato, el barrio, y no le daba distancia; Oski, porque ese monito falsante primitivo e infantil exigía, paradójicamente, una mirada más madura: "Me he pasado la vida intentando dibujar como a un niño", citaba hace poco Sábat a Picasso, recuerda Caloi. Por eso, lo de Oski es posterior y más hondo.
El que si cala es Quinterno. Precisamente, Patoruzú y su versión de pibe. La mirada crítica-ideológica lo desdibujará luego, en su momento, con el facilismo de encontrar a Upa hecho un bobo y al paradójico indio reaccionario y estanciero... Sin embargo, ahí hay algo definitivo: "Lo más importatnte es la adhesión de la gente. Cuando adopta algo, le cambia el sentido, el contenido inclusive; y va mucho más allá del autor. Por eso Patoruzú es una cumbre de la historieta nacional. Por lo que significa para el pueblo".
De la peluquería de Canaro, entonces, Carlitos vuelve con las orejas aireadas, la nuca rapada y los ojos llenos de imágenes.

Disney revisado

En una tira reciente, Clemente ironizaba sobre la proliferación del inglés en las remeras, los avisos, el lenguaje de todos los días. A continuación, sin contradicciones aparentes, el atorrante -porque eso es, exactamente- no dejaba de lamentar la posibilidad de haber sido, en otras circunstancias un personaje de el "Guál Disney".
No pudo ser. Aunque el sueño de las marquesinas y los dibujos animadas a todos los colores habrá sido imaginado puntualmente por su creador cuando de pibe leía "El Pato Donald" - subtitulado "El Pato Donaldo y otras historietas" (sic) editado por Abril- y, alevosamente, copiaba sus personajes con perfección de plagiario.


Caloi pibe hace historietas con Mickey, Dippy, El Tío Patilludo, y les pone guiones propios.
Luego creará sus personajes propios, sus medios propios -revistas de continuará- que recibirán lectores propios, parientes y compañeros, en ediciones únicas cuidadosamente abrochadas.  Y la escuela: "El Cuaderno era una revista de historietas". Pero es interesante la relación con Disney.
Aunque la huella no aparecerá en los primeros trabajos profesionales de los sesenta ni en los siguientes, cuando llegue el momento de echar a volar -sin alas- a Clemente, y el bicho a rayas gane espacio en la tira, el título y la titularidad, la mano de Disney se hará sentir, saludable. La transformación de Clemente, de inequívoco pájaro esmirriado en inclasificable animaloide -recientemente habló de su trompa, olvidando el antiguo pico pajaril...- tiene toda la impronta del hibernado creador.
Abierto a las formas múltiples de los creadores nacionales de los cincuenta en el campo del humor, abierta la ventana al barrio, abierta la revista enl las páginas universales del bicherío antropomorfo de Disney, el que dibuja todo en todas partes tiene, además, dos modelos de yapa, que le quedan grandes aún pero lo esperan para acompañarlo siempre: uno es el Quino anterior a Mafalda, el de los chistes mudos que admira su padre y guarda y recorta de las páginas de "Vea y Lea"; el otro es el padre de todos, el inventor de la síntesis, el monstruo; Saúl Steinberg. Por algún milagro o gracias especial hay un ejemplar de Todo en líneas, primer libro del maestro, editado por Abril en la Argentina hacia 1945, en la biblioteca de su casa. Eso le prepara el paladar.

Escuela de campeones

Carlos hizo un secundario riguroso, muy esforzado, en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Una promoción, la suya, inolvidable en todos los sentidos: por ahí andaban, en otras divisiones, los Abal Medina, Firmenich, Ramus...A mediados de los sesenta, la politización estudiantil secundaria enfrentaba a esos "tacuaritas" de la Guardia Restauradora Nacionalista con los "zurditos" del reformismo.
Carlos viene por izquierda: un abuelo anarco, un padre socialista. Y desde ahí se anota en las trenzadas del centro de estudiantes. En el estudio no hay vocación definida. Un compañero se lo dice: "¿Qué te rompés? Si vos vas a ser dibujante".
Y lo será. El ultimo año lo cursa en el Nacional de Adrogué. Es el ´66. Tiene diecisiete años cuando el general Onganía interrumpe -es un modo de decir- la continuidad del gobierno civil de Arturo Illia y le pone nombre a su golpe: Revolución Argentina. Es el momento en que el joven que dibuja profesores, historias satíricas para consumo interno del colegio, ilustra pizarrones y afiches, hace carteles para el club de barrio; es ése el momento que el joven elige, o la historia elige para él, y se decide a tomar el tren que de pibe dibujaba.
"El contacto fue Bróccolli. Alberto estaba casado con la hija de un amigo de mi viejo. Era de Adrogué y desde hacia unos meses colaboraba en "Tía Vicenta". Él me llevó. Junté todas las cosas que hacía por entonces y las firmé por primera vez Caloi. Antes había probado varias formas: Invertía el apellido, lo escribía con apóstrofe (L´Oiseau: el pájaro, en francés) o cualquier otra.
Nos pusimos con mi viejo a buscar algún nombre antiguo, de emperador o algo así que sonara clásico o histórico, como Demócrito o Landrú...  Al final, no sé cómo, salió Caloi. Y quedó ", puede recordar sin énfasis.
Sin énfasis, tal vez, porque no tuvo mucho que caminar. Nunca. Los años de la segunda mitad de la década del sesenta dejaban la puertas abiertas, las calles abiertas, la historia misma -su libro- estaba abierto para quien quisiera escribirlo; los seminarios tenían un espacio para el humor; Flax opinaba en "Primera Plana", Mafalda ya estaba en "El Mundo" y amenazaba con su primer volumen, "Tía Vicenta" le tiraba de los bigotes a la foca y tensaba la censura. En ese aire baja del tren Caloi: ya estaba el Di Tella y se anunciaba El Cordobazo. Todo era posible, pese a Onganía.
Se vivía con la historia a favor.


DOS: LA TIA Y OTROS PARIENTES

El señor Landrú

El hombre con apodo de asesino de mujeres no asesina a nadie. Juan Carlos Colombres, por el contrario, da vida a su revista -que sale desde 1964 como suplemento de "El Mundo", donde también improvisa diariamente Mafalda- con toda la tinta nueva que fluye. "La revista del nuevo humor" se llamaba "Tía Vicenta" en los inicios, diez años atrás, tan revolucionaria. Ahora cobija bajo sus amplias polleras de señora gorda al joven Caloi y a tantos otros. "Me sorprendió la generosidad de Landrú, su criterio amplio, abierto, generoso y para nada sectario. Además, contra lo que puede pensarse, no es un hombre político ni politizado. Por eso lo suyo era y es tan fresco" dice hoy.
Lo que le llevaba inicialmente nada tenía de político, claro. En el momento de producir sus cosas originales, Caloi se define por un buen humor intimista y reflexivo, con variables absurdas y caminos alejados del costumbrismo, de todo lo que siguen haciendo "Patoruzú" y "Rico Tipo", ya de vuelta.
En la etapa del catálogo de Veinte años no es nada -la exposición del ´87- están esos personajes aplastados por huellas de pies monumentales, los diálogos con resonancias de vaga protesta humanista, la línea sintética.
Esta Quino allí, esta Steinberg, esta el efímero Copi que cuando vuelva ya será con los pollos sin sillas y la señora sentada desde París. En esa "Tía Vicenta" que será casi inmediatamente " María Belén" por la censura y luego "Tío Landrú" en la Editorial de "Primera Plana", y también en "La Hipotenusa", Caloi hace inicialmente ese humor blanco e intemporal que si entra en la historia será de rebote, por proyección de lo universal sobre la circunstancia nacional: "Una temática pueril con un dibujo sin oficio. Inclusive el libro que me llega en el ´68 es precoz: El libro largo de Caloi, a los veinte años con prologo de Brascó, es una oportunidad excesiva antes de que el dibujo estuviera a la altura de la exigencia. Y el tema también. Jugando vagamente con la referencia a El libro Rojo de Mao, es un producto típico de hippismo, la ideología de los jóvenes de entonces", asume, exagera ahora.
Pero la palomita de la paz que sobrevolaba todo el libro también se mandaba sus vuelos rasantes, cagaba algunas estatuas.

Hermanos de tinta

La manga ancha y las paginas amarillas de Landrú son desaforadamente aprovechadas por jóvenes apurados. Por entonces, por ejemplo, Broccoli no era el prolijo y decorativo diseñador de personajes sin aristas que redondearía El Mago Fafá y Juan y El Preguntón en la década siguiente. No: era Histerio, un imprevisible feísta de dibujo en continua revolución. Y por ahí asomaban los arrebatos del primitivo Jorge Sanzol en "La Hipotenusa", de Oscar Grillo, de todos los raros que traían algo extraño, lindo, "op" o "pop" a la moda.
"Landru nos dió la primera oportunidad a Ceo, Sanzol, Bróccoli, Aldo Rivero, inclusive a uno que firmaba primero Verdoux, luego Pan Duro y que después seria Limura", agradece Caloi. Y si la experimentación era un espacio concurrido, por otro lado los ruidos de la historia llegaban hasta el papel y se hacían oír de cualquier manera. El cambio en la temática, que tiene que ver genéricamente con el "calentamiento" social coincidente con el fin de la década, da confluencias curiosas que Caloi ve con precisión.
"Las consignas de la paz, las flores y todo lo demás se traducen en oposición al gobierno militar. Genéricamente, en mi mundo de entonces, están los burgueses, clásicos gordos con cadena y chaleco; los hombres, el hombre común, que no tiene vestimenta sino un cuello apenas insinuado, y los militares con sus cascos y uniformes. Estabamos contra los militares porque hacían la guerra y por añadidura, porque eran dictadura. Lo universal y lo nacional se encontraban allí".
Pero hay algo más en eso. Ya en "Tío Landru", hay brotes de humor muy violento y puntual que quizá hoy no se soportarían y recuerdan las salvajadas de Demócrito o Stein en "El Mosquito": cuando el gobernador Caballero encabeza en Córdoba un intento claramente corporativista con el apoyo del ministro del Interior de Ongania, Guillermo Borda, cabeza visible del sector "nacionalista" del gobierno, Caloi publica un dibujo en que el ministro maneja una "vuelta al mundo" cuya armazón es un svástica... En una de las sillas, va sentada La República.
Por ésa y otras por el estilo, "Tío Landrú" cerró. Aunque enmascarado de problema empresarial, el cierre fue político. Pero no se podía cerrar también el país, que continuaba abierto, y en ebullición, las 24 horas del día.

Encuentros cercanos

Con ciertos tipos. Con ciertas cosas. Con ciertas experiencias (Carlos se casa a los 19, se separa a los 21: "Estaba casado pero no dejaba de ir los sábados al baile, a milonguear como de soltero... Era la Nueva Canción argentina que presentaba el "pariente", el Negro Edgardo Suárez: Almendra, Manal, pero también el Grupo Vocal Argentino y Mercedes Sosa"). Con cierta historia y ciertas realidades inmediatas (Trabajaba en "Análisis" y por primera vez asiste a un conflicto gremial desde adentro, la liquidación de una fuente de trabajo, los manejos de la patronal, las complicidades). Ahí precisamente, en "Análisis", donde hace inclusive caricaturas políticas, color para la tapa además de su sección fija, tiene la experiencia -luego una constante en su trayectoria- de trabajar con lo suyo en un medio no humorístico sino de interés general. Entre 1968 y 1971 conocerá allí a hombres como el dibujante Alfredo Bettanin, jefe de arte y tapista, al poeta Horacio Salas -tiene una hermosa versión ilustrada de su poema "La soledad en pedazos"- y con ellos y otros mentores y amigos recorrerá el camino que lo llevará, paulatinamente y firmemente, a una definición política que comparte -también en este caso- con la mayoría de su generación.
Engoblado en ese vasto movimiento histórico que se describió en su momento como la "nacionalización de las capas medias" -en términos culturales y políticos-, identificándose con los diferentes matices del peronismo, Caloi se encuentra un día junto a su hermano Claudio, preguntándole a su padre por el autor de un tango, por aquel personaje de los cuarenta. La memoria histórica y la cultura popular son dos ademanes inseparables y en ese sentido, libros como Mi Buenos Aires querido, editado en 1978 pero verdadera antología retrospectiva que se remonta a una década atrás, es un testimonio de ese gesto recuperador.
Con los años, con los avatares de la historia y de los medios, el muñeco parlante que llevó a Clemente a la TV en los años ochenta cumplirá una función mediadora entre generaciones, rescatará las formas más directas y espontáneas de la comunicación popular -el juego, el canto, la reunión- olvidadas o acalladas por el bombardeo de los medios, y en boca de un personaje identificado con los pibes tenderá ese puente siempre tambaleante, siempre necesario.

Viejos por la calle

Siempre aparecen, como los "negros", en cada recodo de la conversación. Son los "viejos". Los del dibujo y los de la vida. O los de las dos cosas, como Oski, que está siempre presente, como un hilo conductor en todo lo de Caloi. Inclusive cuando hace las memorables campañas publicitarias de Parliament -los primeros trabajos, variaciones sobre "El pensador", de Rodin, Napoleón o Descartes son del '69; las ultimas, de casi diez años después- hay en esa cargazón reconstructiva, barroca por los detalles, por el énfasis ridículo, un indudable homenaje a esa obra maestra que es la Vera Historia de Indias del maestro Oscar Conti. El mismo por el cual Clemente hizo una pausa en el momento de su muerte, en el '79, y sin cruzar cancheramente la patita, dijo deberle o poco menos su existencia... Viejos... Como el abuelo que un día del '74 se distrajo o se dejó distraer por la pena y al cruzar Libertador lo atropelló un bólido. Ver pasar el cortejo con los restos de otro Viejo, Perón, lo había deprimido tanto que no llegó a recuperarse. La abuela le sugirió que se fuera a jugar a las bochas a YPF, como siempre, el club de enfrente. No llegó. No arrimó...
O su propio viejo, al que reencontró en la Plaza el día en que se anunció la nacionalización de las bocas de expendio de hidrocarburos: "Por lo que siempre luché" decía el antiguo empleado petrolero, el socialista de Palacios. Y ese padre se iría muy pronto también, como si esos años -y él apenas si tiene por entonces veinticinco- fueran los de crecer de golpe en medio del vértigo de la historia que quema diariamente etapas en los diarios, en medio de las responsabilidades que le da un hijo reciente que debe alimentar cada día y no sabe bien cómo.
Estamos hablando de Clemente, claro: "Es de Piscis, nació el 13 de marzo de 1973", le explicaba seriamente una vez a Cecilia Absatz en "Claudia". "En realidad, la tira empezó el 12 de marzo, pero en ese entonces el personaje principal se llamaba Bartolo. Clemente apareció por primera vez al día siguiente. La hora de nacimiento la calculamos por la hora de aparición del diario, es decir que tiene ascendiente en Acuario. El personaje estaba creado desde hacía tres meses pero a ese tiempo lo consideramos como la época de gestación, concluía.
Aunque en realidad empezaba otra historia. La grande.

TRES: SALUDO AL PAJARO

Por el aviso

No es cierto que Caloi haya irrumpido en "Clarín" con Bartolo y el tranvía.
Está de antes, desde bastante antes: no hace mucho le dieron una medalla por los veinte años de colaboración con la empresa... Y las circunstancias de su ingreso merecen recordarse por ejemplares, típicas e insólitas.
Entró -como no podía ser de otra manera- por un aviso. El texto aparecido en la sección correspondiente de clasificados pedía: "Importante publicación busca dibujante de tira diaria". No decía que medio. No le importó y mandó de todo: tiras y dibujos. Pasó un tiempo y recibió un telegrama: era de "Clarín". Citándolo. No por la tira sino por los dibujos sueltos. Y entro así, en "Clarín revista", que en ese 1968 empezaba a tener el perfil que mantiene hasta hoy.
La historia se la contó Leon Bouché, un viejo periodista de la larga trayectoria desde "El Hogar" y "Mundo Argentino", que estaba en el proyecto de la revista. Le explicó que cuando llegaban las respuestas al aviso del diario, iban acumulando todo el material en una mesa de redacción. Había una pila. Bouché pasó, vió un dibujito que le gustaba y se lo afanó...
Automáticamente lo sacó del concurso del diario. Pero poco después lo llamaba para trabajar con él.
Al principio hacía una tirita vertical muda o casi -tal su estilo primitivo en la penúltima página, y viñetas ilustrando una sección de breves en la primera. Luego su sección fue evolucionando y se convirtió en el Caloidoscopio. Para 1973 era un lugar consolidado, el espacio donde desarrollaría más y mejor sus posibilidades temáticas libres y su evolución expresiva. De esa fecha es precisamente el libro Caloidoscopio, una sólida antología precedida por Humor libre, del año anterior. La vertiente deportiva de esa "marca de fábrica" se plasmaría pronto en "El Gráfico", donde el Caloidoscopio deportivo iría a ocupar por largos años el espacio que dejaran las Garaycachadas de Garaycochea.
Desde esos espacios estables, con inserciones esporádicas en otros medios estrictamente humorísticos, como la efímera "Mengano", Caloi iría elaborando su manera y su estilo propio, reflexivo y tierno, sentimental y tan abstracto, a veces, como imperdonablemente tanguero o del tablón, lo dice y lo sabe: Quino, Oski, Calé en el olfato.
Pero ya es él.
Y sin embargo, con sus esplendores, no era ése su lugar definitivo. Había una tira en su vida -porque se le frustró- por suerte antes... -y no era ese perito Suncho que intentó y quedó atado. El otro animal, Clemente, también empezó, encadenado. Pero se soltó.

A la Bartolo

Cuando "Clarín" decidió abandonar las tiras extranjeras que sobrevivían en su página postrera, se acordó de él. No sólo para que hiciera algo que no fuera el Colita de Disney, sino para que convocara, armara de algún modo la página con otros dibujantes. Es historia conocida la que siguió: "Así fue como llevé a Fontanarrosa, Crist, Broccoli -que fueron los que quedaron- y a dos talentosos más que no pudieron enganchar: Limura y Amengual. Los que hacían chistes unitarios quedaron en la página final, las tiras Bartolo y El Mago Fafa sirvieron para armar la retiración de contratapa, la penúltima, bah. Ahí estaban Mut y Jeff que sería la última en abandonar la página a la llegada de Teodoro y Cia, y "Clarín" incorporó a Dobal. Además, había una tira costumbrista, de dibujo realista que hacia Mezzadra: El carrerito del Parque".
Lo sintomático es que, cuando el diario le pide que adelante diez tiras y esboce un esquema del desarrollo posterior, improvise un poco y termine reconociendo que mentía: "Les dije que todo lo que les prometiera seria un gran camelo porque no tenía la menor idea de cómo iba a seguir eso. Me había propuesto hacer una tira libre, que no me esclavizara. Ese era el gran miedo, luego del ejemplo reciente de Mafalda, que había llegado a saturar a Quino.
Por eso, haciendo la salvedad que era camelo, hablé de Bartolo y de su tranvía muy especial que recorría Buenos Aires con una especie de pajarito a rayas, Clemente, y así iba evocando tiempos y lugares".
Y así fue, sin duda al principio: la primera tira es un chiste alevosamente porteño de baches... y hay casi una declaración formal a Bartolo. No cumplió.
Hasta el tipo de dibujo inicial -emparentado claramente con algunas muestras de Mi Buenos Aires querido- apunta a la idea de poner el eje en la ciudad y sus climas. Pero por otro lado el imperativo era la libertad, la necesidad de poder improvisar cada día y encontrar formas de expresión con los menores condicionamientos posibles. Caloi tuvo en cuenta hasta en el hecho de la definición física de "los monitos".
"Busqué el dibujo que hiciera más libremente y me di cuenta que al hablar por teléfono o en cualquier momento en que me ponía a jugar con el lápiz, hacía una especie de pajarito rayado y un hombrecito con gorro. Era un dibujo casi inconsciente. Entonces decidí trabajar sobre esa base: la facilidad, la forma espontánea", dice.
Como el arquero chino -no el de fútbol sino el que tensa la cuerda para arrojar el dardo que acierta en la medida en que no apunta; así, "a la Bartolo", Caloi encontraría lo que buscaba sin saberlo. Y el público lector lo reconocería en esa búsqueda.

 

El otro yo del señor Loiseau

Como el inolvidable personaje de Divito -El Otro Yo del Dr. Merengue- hay una parte incontrolable en la creación de Caloi, un elemento desaforado que pide expresión; una locura que reclama derechos y termina ganándolos "por prepotencia de imaginación", para fraseando a Arlt. Porque Clemente sentía que "el futuro es nuestro". Y fue de él, es decir, de nosotros y del autor, que encontró y encontramos un vehículo de identificación sin solemnidades ni compromisos. Una complicidad mejor, mejor: un diálogo aparte. Pero no fue fácil ni repentino. Si en un principio Bartolo encarnaba "la realidad" y Clemente la salida loca, ambas posibilidades estaban presentes y jerarquizadas: una cadena de por medio, un tratamiento desparejo (vos/usted), dos niveles del lenguaje y una relación de casi "gefe/casi perro". Pero día a día, insensiblemente o de a saltos, esa legalidad inicial fue trastocando, equilibrando los tantos. Casi inmediatamente, pasó el eje de interés de Bartolo a Clemente -sus problemas, sus necesidades, sus torpezas- y a partir de allí, cambiaron los términos de la relación.
Gráficamente, disminuyó la diferencia detallada; en lo conceptual, se horizontalizó el vehículo, y pasaron a ser simplemente amigos.
Y Clemente cambió. Rápidamente fue más grande , aumentó el tamaño de su cabeza por la necesidad de mayor expresividad en ojos y boca -de ahí la "disneyzación"-, se fue "despajarizando" su figura, redondeando el cuerpo y el pico que sería trompa después, luego de perder rápidamente los agujeritos de las fosas nasales... Y, sobre todo, Clemente trocó sus aparentes carencias iniciales -como hablar "mal", con "faltas" de ortografía, ser ignorante o no tener alas- en rasgos distintivos y tácitamente positivos: usar la lengua coloquial, asumirse como un ser diferente, distinto y en sí. A partir de ese salto personal, empezó a arrastrar la tira hacia otros rumbos, ya sin límites precisos. Manejaba él.
Así, paulatinamente desaparece el contexto figurativo, el escenario y todo indicador realista, y los personajes aparecen situados en un lugar virtual, abierto. No están en ninguna otra parte que no sea la tira; ése es un espacio material, su casa. Paralelamente, los temas se expanden y cuando en la tira 40 el tranvía levanta vuelo, nadie se ve en la necesidad de explicar nada. A partir de allí habrá el juego libre y uno de los elementos mas curiosos y enriquecedores será la ruptura de toda regla de veracidad y el paulatino desborde hacia "adentro" de la imaginación creadora, Caloi juega con las reglas convencionales del género, con sus signos, y -este es su verdadero salto- con el principio de identidad: Clemente deja de ser uno -sin dejar de ser alguien particular- y pasa a ser una clase, un tipo, una especie.
El Otro Yo ha triunfado definitivamente.

Borrón y bota nueva

"Yo conocí argentinos felices", dice Caloi, me parece decir Clemente a partir del '76. Porque es indudable que el clima en que creció nada tiene que ver -histórica, políticamente hablando-, con el que le toca vivir en la madurez".
Puntualmente: la tira Bartolo, luego Bartolo y Clemente, luego Clemente y Bartolo hasta el último cambio de firma, fue mucho más metafísica, abstracta o reflexiva que sociologica durante su primer tramo. Y no le faltaba autoconciencia al personaje: "esta tira se está poniendo medio intelestual" (sic), reflexiona luego de un desafuero lógico el pajarito a rayas. El mismo Caloi lo expresa en términos más concretos, en otros terrenos: "Al principio no se sabia que pasaba. Cada día era una novedad y la gente no se enganchaba con tantos juegos y novedades formales. Pero en mí había, y es una constante que reaparece, una especie de necesidad de hacer participar al público de las reglas del género, de experimentar con posibilidades, romper convenciones y hacerlas evidentes con su uso intencionado". Sin embargo, hubo un momento en que el cambio formal significó un viraje definitivo: es cuando Clemente se da vuelta y "habla a cámara"... A partir de allí, aunque siga teniendo relaciones internas con los eventuales compañeros de tira, su interlocutor va a ser lector. Y ahí, cuando cruza la patita y le habla cancheramente, está fundando una novedad absoluta.
Nacido en años de esperanza -el fin del Lanussismo, el triunfo popular, el gobierno constitucional, la experiencia democratica, el consumo, la riqueza mejor repartida. Clemente arrastrará consigo, mas allá del golpe y la dictadura, la mística feliz de la gente en esos tres años previos, tumultuosos pero propios, vividos como gobierno compartido. Clemente dejará definitivamente de volar, se hará mas terrestre y pegado a las cosas de todos los días, buscará en la complicidad del lector -guiñadas mediante- mantener la memoria de esos años, el calor compartido, le experiencia que un día fue y que el enemigo borronea, trata de disolver en la violencia.
Con ese intento de borrón y las botas nuevas termina una década de humor y militancia -no necesariamente partidaria- al lado de la gente.
Lo que viene no podría ser mirado por la cerradura, no era una historieta ni bastaba con abrir la ventana. Pero había que estar ahí, sin hacerse el distraído. Escuchar el rumor de la gente y devolver ese sonido, hacerlo audible.
Acompañar el gesto popular... Como el perrito que en esa memorable secuencia corre junto al jefe de estación que se acicala para ver pasar, saludar al rápido que arrasa veloz y distraído como la historia misma.

Juan Sasturain
Octubre de 1998